viernes, 22 de noviembre de 2013

Erase un hombre a una nariz pegado

El ínclito Quevedo dicen que dedicó a su amigo Góngora un soneto que comenzaba tal que así "Érase un hombre a una nariz pegado" y que en las catorce líneas que dicen que es soneto, lo describía en forma tal que siglos después, sigue levantando carcajadas. Nada que ver con los epítetos que la actual casta política se dedica entre ellos. Se conoce que vamos evolucionando, pero para peor. Y lo del amigo Quevedo viene al caso, por una operación que es mucho más frecuente de lo que cree, pues somos muchos yo incluído, quienes creemos que tenemos una nariz fea. Bueno la mía no es fea. Es mucha, pero no fea. Yo tengo una nariz bonita, pero mucha nariz, lo mires por donde lo mires. Tanta, que los días de lluvia no se me moja la corbata, pero lo de mis historias con las corbatas, me los reservo para una futura entrada. Por otro lado una ventaja de una nariz enorme como la mía, es que puedo llevar gafas tranquilamente, que hay donde sujetarla. De hecho, me podría poner varias a la vez. Entiendo que no todo el mundo tiene mi mismo sentido del humor, y que hay personas que por unos motivos u otros, prefieran someterse a una leve operación y llevarse una nariz más digamos normal, aunque otros preferimos las narices grandes. Nariz grande, ande o no ande ¿o se decía eso de los caballos? Para estas personas que tienen el valor que yo no tengo y no me importa reconocer que soy un cobarde, existe la solución de pasar por la clínica de medicina estética en Granada, donde un experto cirujano plástico y en cuestión de un visto y no visto de tiempo, te va a dejar una nariz a tu gusto. Por ella pasó mi amigo Pedro a quien llamábamos no sin cierta sorna "el chato". Aunque claro, después de tantos años con ese apodo, le seguimos llamando "el chato" y aprovechamos para que nos invite a "un chato" de vino Ribeiro. ¡Y a veces hasta cuela!

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